
La lluvia convierte a las viejas en asesinas. Apenas caen cuatro gotas, afloran como caracoles, armadas con sus enormes paraguas, cuyas varillas son zarpas que buscan vaciarte las cuencas.
No esperes a que alcen sus paraguas. ¡Malditos hongos de acera! Caminan a ciegas, ocultas bajo sus iglús de nailon, sin detenerse ante nada, rasgando tela, alma y carne.
Luego, cuando el cielo escampa, las viejas asesinas regresan a sus casas.
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